nazarenos_Amargura_1925

Tarde sevillana

Sábado Santo y Sevilla aún no duerme, solo sestea. Humo de tantos cirios quemados, que hasta empaña el brillo de un cielo que se ha vuelto gris y anuncia cambios, lluvia para el fin de semana, como si quisiera despedirse de tanta pasión desparramando su llanto desconsolado sobre la ciudad que viste,  estos días, sus balcones de color granate y rojo oscuro. Otro color, albero, aguarda para ser protagonista el Domingo de Resurrección, primera tarde de toros en La Maestranza. Albero que puede teñirse también de rojo, Dios no lo quiera; que la tarde es larga, y honda, que el arte no ha de tener prisa, que nace despacio, de templar, de mandar, que también se ha de tirar del oficio, que el silencio en la plaza impone y nos habla de la gloria de otras tardes que algunos tuvieron la fortuna de contemplar. Otras suertes, otros tiempos, pero la plaza, como siempre, contiene el aliento y un respeto de otro mundo se hace notar. Arte, miedo, oficio, fiesta, nacidos para ser grandes en la tarde, y en el corazón un suspiro, y un pálpito del alma que se refleja en el semblante mudo de la afición que se hace una, que sufre, que aplaude, y en el aire un ¡ole! que surge de las entrañas del hombre, un grito atemporal, atávico, herencia ancestral, intocable, que no decaiga.

Por lo demás Sábado Santo, que hemos de recapacitar, que ya se desvanece en la distancia, que hay que contar hacia atrás, que ya nos deja, la Semana Santa.

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