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Neruda, hijo del bosque chileno

Neruda sobre los días y años de su infancia dice que su único personaje inolvidable fue la lluvia: “la gran lluvia austral que cae como una catarata del polo desde los cielos del Cabo de Hornos hasta la frontera”, la lluvia de su Araucanía natal, donde dice que nació “a la vida, a la tierra, a la poesía, y a la lluvia.” Esa lluvia fría del sur de Chile que, nos cuenta, tiene paciencia.

Nos habla también del bosque chileno poblado de gigantescos raulíes, del aroma oscuro del boldo, de los bosques de helechos más altos que un hombre montado en su caballo: “se me dejan caer en la cara sesenta lágrimas desde sus verdes ojos fríos, y detrás de mí quedan por mucho tiempo temblando sus abanicos….”. Nombra también, cómo no, a Temuco, la ciudad de la frontera o far west, donde creció: “es una ciudad pionera, de esas ciudades sin pasado pero con ferreterías”, por donde los españoles estuvieron luchando con los araucanos durante trescientos años. Los araucanos, que acabaron sucumbiendo al disparo de carabina, la quema de sus chozas y, más tarde, a la ley y al alcohol.

El río Imperial es la vía fluvial que discurre hacia el sur camino del océano entre riberas montañosas, y es por ahí por donde se canalizan nuestros sueños leyendo al autor. El océano de inmensas olas nevadas que se levantan con un estruendo colosal, la palpitación del universo. Y la montaña andina con desconocidos y hostiles pasos utilizados por los contrabandistas de antaño, y los aserraderos donde todo el día chirriaban las sierras con un lamento agudo mientras cortaban los grandes troncos de los raulíes, de los alerces, de los mañíos, obras colosales de la naturaleza, árboles allí plantados por el viento hace mil años, con un diámetro del largo de su caballo: “y al caer se oía un golpe profundo, subterráneo, del tambor de la tierra que recibía a sus dioses.” Y cuando se guarecen en una cabaña golpeada furiosamente por la lluvia en mitad de la selva andina: “la lluvia dominaba la selva sombría, los lagos, los volcanes, la noche, y se rebelaba furiosa porque aquella guarida de seres humanos tenía otro estatuto, y no aceptaba su victoria.”

Y entre amargos inviernos y misteriosos estíos nace su poesía: “me salían al encuentro los vegetales enmarañados, el silencio o el sonido de los pájaros selváticos, el estallido súbito de un árbol florido…Se comenzó por infinitas playas o montes enmarañados una comunicación entre mi alma, es decir, entre mi poesía y la tierra más solitaria del mundo…Hasta ahora sigo siendo un poeta de la intemperie, de la selva fría que perdí desde entonces.”

Viendo cómo describe Neruda el bosque chileno “quien no lo conoce, no conoce este planeta”, ya empezamos a añorarlo. Y así podríamos continuar, sin cansarnos, deleitándonos sin fin con Neruda, con su exquisita prosa, con su poesía eterna.

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