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La Galicia de Cela.

Leo a Camilo José Cela, habla del orvallo esa lenta, cansina lluvia gallega de paciencia infinita. Habla de orvallar, el orvallo hecho verbo, y de otras cosas que solo un maestro del lenguaje puede expresar como él lo hace. Habla de curas, de amores escandalosos, de carallos descomunales, de la tierra, la tierra gallega, de sus gentes, de sus paisajes y de su comida; de historias de la Galicia rural, y de muerte, sobre todo de muerte, y de los que sobreviven a los muertos, y de muertos que mataron a otros muertos, en su tiempo, claro. Y lo hace como solo un gallego que ha mamado esa tierra es capaz de hacerlo, con esos giros característicos de la lengua gallega traducida al castellano, con el localismo de los años treinta que mira hacia Ponferrada como el más allá de los límites de la tierra. Genial Cela, hasta cuando habla de sexo, del sexo de mujeres con perros u hombres con cabras, que eso va en la naturaleza, dice. O cuando habla de la raya del monte que hace tiempo que se borró porque el cielo tiene el color de la tierra y viceversa a causa de la lluvia que no cesa. Cela, siempre Cela, maestro de las letras.

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