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La belleza y la crueldad del Quinientos

Echando un vistazo al pasado nos damos cuenta de que somos hijos de la Historia y de cómo, a través de ella, se ha forjado nuestro presente. No somos nada nuevo ni diferente de lo que fuimos. Ya en la Grecia Antigua se estaba alumbrando la sociedad en la que ahora vivimos. Sócrates, Platón, Aristóteles, dieron forma al hombre moderno que habita hoy en nuestras ciudades. Fue hace más de dos mil años, pero su legado sigue vigente en nuestros días. Durante todo ese tiempo han pasado muchas cosas, extraordinarias unas, terribles otras, fundamentales todas ellas en el devenir de la vida del hombre.

Hay períodos de la Historia que llaman particularmente la atención y entre ellos hay uno que siempre me ha fascinado: la primera mitad del siglo XVI. Cada vez que me hallo ante los hechos y los hombres del Quinientos, me recorre un cosquilleo como cuando me paro a contemplar una pintura excelsa de Velázquez, Goya, Degas o Vermeer. Y es que nuestra Historia es tan grande que a veces hay que postrarse ante ella como lo hacemos ante una maravilla pictórica. Pero la belleza de la Historia es dura, real, sangrienta, aunque no por ello menos luminosa. En un cuadro contemplamos la exaltación del espíritu y del alma humanos de la mano del talento y la genialidad de un artista; hay pinturas que nos hablan, que podemos oír, que hasta parece que escuchan nuestro lamento desesperado ante tanta belleza. Extasiados, sentimos que flotamos durante un tiempo por encima de nuestra mediocridad y nos elevamos como si fuéramos incorpóreos contemplando el mundo desde una altura inverosímil, nos sentimos inmortales durante unos instantes. Una vez más el genio humano lo ha logrado, es el vértigo de la belleza sublime, un milagro para los sentidos. La belleza de la Historia es de otra naturaleza, aunque nos hace sentir lo mismo; nos muestra la grandeza del alma y la miseria del hombre, su nobleza y su crueldad. La humanidad tiene dos caras y no podemos renunciar a una de ellas. Cada vez que protagonizamos una gesta lo hacemos con las dos bien visibles, bien patentes, es nuestro sello de identidad.

Durante el siglo XVI la Historia, ese “misterioso taller de Dios” que diría Goethe, se nos muestra en todo su esplendor. Ocurrieron hechos extraordinarios que determinaron el futuro para cientos de generaciones y marcaron el destino de la humanidad para los siglos venideros. Es una época en la que los dioses descendieron a la tierra para habitar entre los mortales: Cervantes, Shakespeare, Lope, Leonardo, Miguel Ángel, Cortés, Pizarro, Núñez de Balboa… Durante su primera mitad, bajo el reinado de Carlos V, acontecen hechos de excepcional relevancia: su propia coronación como emperador en Aquisgran, la reforma protestante de Lutero y, en los confines del Imperio, la invasión otomana de Europa y el primer sitio de Viena. Pero en pleno apogeo del imperio español, unos hombres alcanzaron una gloria que no tiene parangón y realizaron la hazaña más trascendental de la historia de los siglos tras el descubrimiento: la conquista de América. Mientras en Europa Erasmo de Roterdam propone un mensaje humanista opuesto al de Maquiavelo y Lutero, un puñado de aventureros se hace a la mar para conquistar el Nuevo Mundo descubierto por Cristóbal Colón a finales del siglo anterior.

El ardor aventurero de Colón, su empecinamiento obsesivo en navegar hacia el Oeste donde, pensaba, se había de topar con los reinos del Gran Khan y las riquísimas tierras de Catay, actual China, fueron el motor de su impresionante gesta y de las que habrían de seguir. Colón se equivocaba cuando, después de toparse con las Bahamas y Las Antillas, pensó que, más hacia el Oeste, se daría de bruces con Cipango, actual Japón, isla de la que hablaba Marco Polo en sus escritos; después desembarcaría en la China y así completaría su sueño de haber navegado desde el continente europeo hasta Asia.

No era consciente aún de que iba a desvelar todo un continente que había permanecido aislado millones de años y de que, en poco tiempo, iba a estrechar el mundo marcando un hito imperecedero en la Historia. A partir de su primer regreso oleadas de osados aventureros, bandidos, salteadores de caminos, nobles, monjes, artesanos, funcionarios del reino, soldados valientes, manan hacia Palos para enrolarse en las diecisiete naves que forman la segunda expedición del recién nombrado Almirante Cristóbal Colón. Finalmente partirán de Cádiz en Septiembre de 1493 – 1400 hombres en total y ninguna mujer -. Se embarcaron también caballos y cerdos, animales desconocidos en el Nuevo Mundo, y cerca de un centenar de polizones. Muchos morirían por el hambre, las enfermedades o las flechas envenenadas de los nativos; los que regresaron lo harían en su mayoría enfermos y sin haber logrado el sueño de volver triunfantes y cargados de oro; otros permanecerían deambulando por los caminos de Cuba o de La Española a la espera de que cambiara su suerte.

Una de esas ocasiones se les presentaría, años después, en la expedición de Martín Fernández de Enciso que partió de La Española para buscar un paso a través de Panamá que le condujera al ‘otro mar’, ese mar legendario buscado con ahínco por Colón y todos sus sucesores. Vasco Núñez de Balboa, que se había colado en el barco como polizón, sería quien, a la postre, lograría lo que se convirtió en el descubrimiento más importante después de el del propio Colón: el 25 de septiembre de 1513 avista por vez primera el último océano aún ignoto, el Océano Pacífico.

Más tarde, el 18 de febrero de 1519, un arrojado capitán sediento de aventura y de gloria partiría de Cuba con 11 barcos, 700 hombres, 32 caballos y 7 cañones de bronce, además de 110 marineros y un centenar de indios como auxiliares de tropa, para realizar una gesta considerada como la más intrépida e insólita de la Historia: la conquista de México. En poco más de dos años Hernán Cortés (Medellín, 1485), derrotó a los ejércitos nativos de Moctezuma y se apoderó del imperio azteca que superaba con mucho a España en extensión y población. Fueron dos años y medio de batallas violentas: Cholula, Otumba tras la retirada en la llamada ‘noche triste’, el sitio y la toma definitiva de Tenochtitlán; de matanzas crueles y acciones sangrientas, pero también de gestos heroicos, de coraje, de sacrificios, privaciones y generosidad a la hora de entregar la propia vida, imbuidos como estaban de la magnitud histórica de su misión; la belleza y la violencia, las dos caras del alma humana, se pusieron,  una vez más, de manifiesto.

Resultan insuficientes los superlativos cuando de narrar las hazañas de los conquistadores se trata. Tal ocurre con la conquista de México llevada a cabo por Hernán Cortés y con la del imperio incaico a cargo de Francisco Pizarro. Ya desde que Núñez de Balboa descubriera el Pacífico, se escuchaban sugerentes historias que contaban los indígenas acerca de un rico imperio meridional que ellos denominaban ‘Piru’. Aunque el mismo Balboa lo planeó fue Pizarro quien, después de varias expediciones y un viaje a España para convencer al emperador Carlos V, partió definitivamente en enero de 1530 de Panamá haciéndose a la mar con tres bergantines, 180 hombres y 27 caballos en pos de un sueño: la conquista del Perú. Asusta pensar lo exiguo de hombres y medios para tan magna empresa, y si no fuera porque en verdad ocurrió pensaríamos que, como en el caso de Cortés, nos hallamos ante un suceso fuera de los límites de lo creíble.

Francisco Pizarro (Trujillo, 1478) tardó seis años en hacerse con el imperio de los incas desde que en 1524 realizara la primera expedición que acabó en la costa pacífica colombiana. Seis años llenos de batallas, matanzas, alianzas, traiciones y, en definitiva, éxito en lo que se propuso: colonizar y fundar ciudades que se incorporarían al reino de Castilla con súbditos convertidos al cristianismo. Y en el fondo la codicia, el ansia de dominar unas tierras pródigas en oro, apoderarse de una civilización que se extendía por la mitad de lo que hoy es Sudamérica.

Cortés y Pizarro: dos símbolos llenos de paralelismos. Desde el mismo momento en que desembarcaron, se vieron hostigados por tribus indígenas a las que con engaño y violencia acabaron doblegando. Enseguida se dedicaron a fundar ciudades al modo de España, con alcaldes y regidores, y a cristianizar a los nativos. También aprovecharon el sistema de recaudación de tributos, muy organizado en las civilizaciones inca y azteca, así como el magnífico sistema de comunicaciones hecho a base de carreteras y puentes. En ambos casos hubo gestos épicos que han quedado para a Historia: Cortés quemando las naves para impedir que a sus hombres se les pasara por la cabeza la idea del regreso; Pizarro trazando una línea en la isla del Gallo que solo cruzaron trece hombres que, enfermos y famélicos, permanecieron a su lado para continuar la conquista, los llamados Trece de la Fama cuyos nombres figuran hoy en los libros de Historia.

En Cortés y en Pizarro también destacan las dos caras del alma: la belleza de una empresa colosal y la crueldad para llevarla a cabo; la conquista de dos imperios de ensueño: el azteca y el inca y la destrucción y las matanzas, incluidas las de sus dos líderes Moctezuma y Atahualpa. Sin embargo es así como se escribe la historia del hombre, así como se pintan sus sueños de grandeza y de gloria.

Ocurre entre estas dos conquistas un hecho de primera magnitud, en este siglo de asombros, que va a trastocar el conocimiento que hasta entonces se tenía de la Tierra: el 30 de septiembre de 1519 Fernando de Magallanes, un oficial de la armada lusa al servicio de Carlos V, parte de Sanlúcar de Barrameda con una expedición de 5 buques y 270 hombres y navega hacia occidente; después de alcanzar las costas de la América meridional, encuentra un paso que le permite adentrarse en el Océano Pacífico. Tras una descomunal aventura en la que perecerán casi todos los navegantes, incluido el propio Magallanes, la expedición alcanza las costas orientales demostrando lo que algunos sabios habían mantenido desde la Antigüedad, esto es, que la Tierra era redonda. El 6 de septiembre de 1522 arriba a las mismas costas de Sanlúcar de Barrameda el marino Juan Sebastián Elcano (Guetaria, 1476), con 18 hombres exhaustos en el navío Victoria , el único barco que ha sobrevivido a la aventura.

Hubo más conquistas, más hechos reseñables que nos harían extendernos en el espacio y en el tiempo de tanto como aconteció en el imperio español en la primera mitad del XVI: la guerra contra el Papa Clemente VII, el saco de Roma, todo lo que significó el renacimiento en el arte y el pensamiento. No podemos evitar cierta nostalgia al recordar la llegada de Carlos de Gante, en 1517, al puerto asturiano de Tazones ya como rey de Castilla y Aragón, y a los asombrados habitantes de la villa que no lo esperaban y que al ver 40 barcos, enormes como torres, se aprestaron a luchar contra lo que pensaban se trataba de una invasión turca o francesa. O su designación como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico a cargo de los siete príncipes electores, sobornados con el dinero prestado a Carlos V por el banquero de Augsburgo Jacob Fugger que a su vez se resarciría con creces con el oro de Cortés y de Pizarro. O el cuadro de Tiziano que muestra al emperador, vencedor en la batalla, a caballo, galopando lanza en ristre por las llanuras de Mülberg. O la imagen de Juana la Loca, madre del emperador, recluida en Tordesillas durante, prácticamente, toda la primera mitad del Quinientos… El Quinientos, ese período mágico de la historia de España, ese conjunto de hombres de leyenda que en unos pocos años transformaron el mapa del mundo y la forma de vida de millones de personas; que determinaron el futuro de las naciones y sus habitantes, que dieron otra dimensión al planeta que habitamos. Es fácil enamorarse del Quinientos, ceder a la fuerza inusitada de su embrujo, de sus gentes de sus, recién descubiertos, mares, de la clarividencia de sus pensadores. Podemos abominar de cómo se hicieron algunas cosas, pero no debemos juzgar a la ligera, hemos llegado hasta aquí siendo como somos; si no fuera así tal vez el mundo sería otro, aunque no necesariamente mejor ni más justo.

Con pena en el alma y mil recuerdos en el corazón nos vamos despidiendo del Quinientos, esa maravillosa epopeya; hermosa oda a lo desconocido, a lo que ha de llegar, a lo que está por descubrir, al pensamiento universal, a la grandeza del alma; ese alma humana que tiene dos caras y que dejó entonces su huella imborrable, una marca indeleble de crueldad y de hermosura para el asombro de los siglos.

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