death-valley (1)

El último recodo

Esta mañana fui a recoger algo a un almacén de esos que venden ropa para el trabajo y cosas así, y como estaba en un polígono y era solo la segunda vez que iba, me pasé un poco y tuve que dar media vuelta. Me dispuse a girar en redondo con el coche asegurándome por el retrovisor de que no venía nadie, esperé a que pasaran tres coches, arranqué y, cuando iba por mitad de la calzada, otro coche que no había visto porque venía del lado contrario me pasó a escasos centímetros a gran velocidad. No pitó ni nada pensando que yo lo había visto y giraba lentamente para dejarlo pasar. Pero no era así, yo no le había visto y por un segundo no chocamos. Hubiera sido un choque tremendo, habría arremetido contra mí sin darle tiempo siquiera a frenar, mi coche atravesado en mitad de la calzada y el otro embistiendo lateralmente a unos 100 km/h. No sé qué habría ocurrido. Podríamos haber muerto los dos, en el otro solo iba una persona. Me dio por pensar que Dios me lanzaba una advertencia pero que mi hora, por alguna razón, aún no había llegado. ¿Quería realmente advertirme Dios? ¿Lo imagino yo, pensando que tengo la suficiente importancia como para entrar en los planes de Dios?

Todo lo que hice a partir de ese momento fue con el corazón escarmentado. Quizás debiera recapacitar. Estuve pensando qué habría ocurrido si me hubiese matado en esa carretera esta mañana. Apenas pensaba que podía haberme hecho daño sin morir; pensaba que si el choque se hubiera producido me habría matado. Todo lo que vi a continuación es como si me lo contasen, como si no me estuviese sucediendo.

De vuelta a la normalidad me pongo a pensar en mi familia, en el mal rato, en el cambio que esto hubiera supuesto para sus vidas, pero no me quiero torturar, nunca se sabe qué puede ocurrir después de algo así. Entonces empiezo a pensar qué hubiera sido de mí y qué ha de ser de mí después de un suceso que no fue por centímetros, por la casualidad o por designio divino, que todo puede ser. Pienso que todo lo que venga a partir de ahora puede ser un añadido pero no cambio mi conducta, no me parece que lo que ha ocurrido sea realmente un aviso de Dios. Muchas veces pienso en Dios y en lo que me pueda tener reservado; pienso que, en verdad, lo que haya de ser está escrito en algún pliego o pergamino que vaga por los caminos de lo desconocido, o en ese espacio etéreo sin fin por donde discurre el destino de los hombres, y que lo está desde mucho antes de yo nacer; por eso no quiero darle demasiadas vueltas, además ya le he dado vueltas a esto otras veces, no es la primera vez que me he salvado por segundos o por centímetros. Que yo recuerde ha ocurrido cuatro veces a lo largo de mi vida y siempre he llegado a la misma conclusión: todavía no había llegado al final de la página, de esa página donde figura la historia de mi vida. Y creo además que cuando llegue ese momento, a esas últimas líneas, sabré, no me pregunten por qué, que lo que hay inmediatamente después es el punto y final.

Sin embargo es inevitable recapacitar, no del modo que solemos hacerlo los que llegamos a una edad, que ya miramos más hacia atrás que hacia adelante, sino recapacitar de un modo distinto, como si el alma no nos perteneciera y estuviese ya en manos del destino insoslayable, que sabemos que lo está, desde siempre, pero que  nos la reclamara ahora porque puede que tenga que disponer de ella en cualquier momento. No sé si me explico, probablemente no. Tampoco es fácil, ustedes lo comprenden, aunque no compartan mis reflexiones, que otros sí que lo harán, aunque no trato de asustar a nadie. Cada uno de nosotros tiene su propio miedo a la muerte, al más allá, a la inexistencia del mismo. Mis reflexiones solo sirven para eso, para reflexionar, aunque haya quien no le guste hacerlo, o diga que no le gusta. Tarde o temprano en la soledad que se abre camino en el interior de cada cual, llega un momento crucial en el que nos hacemos estas preguntas, que reflexionamos sobre esto o cosas parecidas. Otra cosa es que no se lo contemos a nadie, o que lo hagamos con distorsionada sinceridad para que no resulte tan duro, por miedo a que el miedo de los demás sea un espejo en el que aparezca reflejada nuestra alma desnuda. Es el pudor del alma, hay que entenderlo.

Yo no les insisto más pero cada día hay mil recodos, mil virajes en el camino de la vida, curvas sin visibilidad que  tomamos como si nada. Al día siguiente de lo que les he contado que me pasó, me paro en un stop y dejo pasar varios camiones de gran tonelaje. El aire que desplazan remece mi coche con violencia, después hay un hueco, ¿podría colarme ahora? Pero no, no lo hago, quizás no es lo bastante grande para hacerlo, ¿o puede que sí? Lo intento en el siguiente hueco, pero puedo equivocarme. Me pregunto cuantos párrafos quedan en la página de mi vida, o quizá tan solo sean líneas, quién sabe si apenas unas cuantas letras sin sentido que alguien leerá incrédulo en unos instantes.

De momento solo soy consciente de un punto y seguido, no es mucho; la suerte, que suele ser esquiva, en otras ocasiones tiene paciencia, y me parece que la estoy mirando y que ella se aparta de mi mirada, o tal vez me ignora dándome a entender que la espera no será larga. También es probable que sea fruto de mi imaginación, que la suerte no tiene por qué mirarme, ni tratar de esquivarme, ni darme a entender nada, que no sabemos en qué andará ocupada; y que, en cualquier momento, cuando menos acordemos, aparecerá un nuevo recodo ante nuestra vista, uno más, y que este puede que sea el último.

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