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El libro en la mesilla

Cuando en la medianoche se recoge el alma y todo a nuestro alrededor se aquieta, nos queda por recorrer ese camino incierto que, como cada día, nos adentra en el universo de los sueños. Pisamos la senda de la incertidumbre insatisfechos de lo que hemos dejado atrás, temerosos de despertar en un mundo en el que ya no tengamos cabida, o de que nos hayamos convertido en huérfanos de nuestro tiempo. Confundidos, en esas horas en que caminamos sobre suelo de algodón, nos asimos a la seguridad, al calor que nos procura ese amigo que siempre nos reconforta y anima, que nos eleva por encima del barro cotidiano, ese amigo que podemos tocar con solo alargar la mano: el libro en la mesilla. Su sola presencia nos susurra mil sugerencias al oído. Retiramos el señalador, lo abrimos y un tropel de letras nos da la bienvenida, frases, párrafos, una sinfonía procedente de la imaginación humana que nos transporta a otros mundos y a otros tiempos, que nos hunde en la Historia, nos arroba con la fábula, nos hace vibrar con el verso, nos rescata del tedio o la locura, ¿que sería de nosotros sin su magia? Los minutos se dilatan y se hacen horas, pasamos las hojas, las historias se desbocan, se difuminan, ya son otras, nuestro sueño se ha apoderado de ellas, no sabemos distinguirlas de las nuestras, si son leídas o soñadas, tratamos de retomar el hilo, pero hemos dejado de ser dueños de nuestra conciencia, es el milagro de la palabra escrita.

Esas historias nos ayudan a sobrellevar la monotonía de la vida real, envuelven nuestra mente en su red invisible, dan sentido a nuestros sueños, se nos hacen necesarias y no podemos prescindir de su fuerza, de su fulgor, nos convertimos en adictos irredentos. La soledad no será ya sino ave de paso, compañera fugaz que no encuentra motivo alguno para demorar su partida, flor de un día que habrá de mostrar su esplendor en otros parajes.

Con el correr del tiempo la lectura antes de dormir se nos hace parada imprescindible, no podemos pasar de largo sin saborear la miel oculta en cada recodo, sin descubrir el velo de misterio que encierra cada página. A veces el sueño nos vence demasiado pronto y tenemos que conformarnos con acariciar la cubierta, pero él lo entiende, no gusta de aspavientos ni desmesuras, nos acompañará en el vaporoso caminar de la noche y estará presto a desgranar su tesoro de poderosa épica, de delicada lírica.

Al morir la noche, el alba nos describe un paisaje ignoto que transitamos sin rumbo por desvanecidos senderos, sin miedo a extraviarnos, al final – sabemos – nos espera de nuevo la noche, y antes de dormir alargaremos la mano y de nuevo sentiremos su piel sensible, su palpitar sereno, el susurro amigo. Con un nudo en el pecho echamos a andar de su mano en pos de nuevas aventuras y, como otras veces, su voz llenará el espacio, y el sueño, osado, querrá sustraernos de su influjo. Nosotros partiremos ligeros a otros mundos, con vuelo de halcón o de vencejo y él nos servirá de guía, con paso seguro, el amigo, el libro en la mesilla.

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