Dos+personas+hablando

EL LENGUAJE DE HOY

Uno de los tributos más preciados para nosotros, los humanos, es nuestra capacidad para hablar. Otra cosa es el uso que de ello hacemos, y es una lástima que algo que debiera ser sagrado esté tan ligado a las modas y que los que debieran salvaguardar la pureza del lenguaje, se inhiban en favor de otros que marcan la pauta tratando siempre de impresionar, buscando la palabra que cause impacto, que llame la atención, que sacuda los polvorientos cerebros a los que va destinada.

Pero no estoy yo por la labor de señalar a nadie, ni de culpar de negligencia a unos o de oportunistas a otros, el único fin que persigo es hacer un poco de reflexión. Y es que a nuestro querido idioma español, en lugar de mimarlo, le zurramos de lo lindo por los cuatro costados. Es normal que en la calle se acuñen términos poco ortodoxos, que se digan tacos, que vapuleemos un poco la lengua madre en aras de darle fuerza a los argumentos que utilizamos, o incluso a los insultos que proferimos en momentos de acaloramiento. Eso es una cosa y otra bien distinta es el maltrato deliberado, negligente, irresponsable diría yo, de los encargados de difundir la cultura, las noticias, de un modo hablado o escrito, da igual, porque la forma que estas personas utilicen para expresarse, permanece en quienes les escuchamos que creemos que es así como hay que hacerlo, o peor aún, simplemente repetimos lo que oímos o leemos como cacatúas, inconscientes de que estamos contribuyendo a la degradación de la lengua, que no a su evolución.

Pero empecemos por el principio. Cuando tenemos un hijo huimos de llamarle Antonio, Juan o Manuel. Están ‘muy vistos’, decimos, y así pasamos a ponerle Jonathan (¿alguien sabe como se escribe?), Montgomery, Elisabeth, nombres anglosajones en su mayoría y bíblicos en ocasiones. Todo esto da lugar a un sin fin de jugosas anécdotas, que de todo ha de haber. Es el caso de las Elisabeth a las que suelen acabar llamándoles ‘la Eli’. Un día en la playa un peque llamaba a sus padres a voz en grito, ¿qué pasa niño?, ‘na’ que el Motgomery ‘sa cagao’, contestó el chaval refiriéndose a su hermano pequeño. Si eso le pasara a Pedro o a Miguel ahí quedaba la cosa, pero con ese nombrecito. Otro día era un niño que se había caído de la bici y a preguntas de la madre el padre la tranquilizaba: ¿pero que pasa?, preguntaba ella, nada, respondía él, que se ha caído el Edén. Si Adán y Eva levantaran la cabeza….

Luego está lo cotidiano. Un día se le ocurrió a Felipe González decir que no sé qué estaba obsoleto y, coño, parece que nos descubrió la palabrita y no se escuchaba otra cosa. Un dirigente vasco, refiriéndose a un asesinato de la ETA, dijo que era un crimen execrable y les abrió los ojos al resto de responsables políticos que no habían caído en la existencia de ese vocablo; menuda tabarra nos dieron hasta que se les pasó. Los ejemplos son innumerables, últimamente siempre que alguien quiere ser rotundo al negar algo, en lugar de decir en absoluto, ¡qué antiguo por Dios!, dice para nada; y da igual que sea para algo o que no tenga nada que ver que seguirá siendo para nada hasta la saciedad.

¿Y qué me dicen de hablar, escribir (menos), y rotular en inglés o derivados? Porque lo del marketing ya es toda una institución, pero miren los escaparates de las tiendas de ropa, por poner un ejemplo: trending, outlet, tune in! Algunos son verdaderos engendros anglo/hispanos porque ni siquiera existen, como vending. Pero qué le vamos a hacer, hay que adaptarse a los tiempos, aunque cueste, que luego hay que decir “¿vale?” al final de cada frase porque los americanos llevan décadas diciendo ¿OK? en ese mismo sitio, o hacerse un selfie, que manda carallo la palabrita. Y así nos acabamos encontrando dos palabras macanudas: instagram y photoshop para convencernos de que ya nada es lo que parece.

Ocurre lo mismo con los saludos. Antes la gente se despedía con un adiós, un hasta mañana, o un hasta luego. Ahora no, ahora es nos vemos. Todo por que en las series americanas dicen: see you, que viene de simplificar I’ll see you later en I’ll see you y después en see you. Pero todo eso da igual, porque se trata de ser guay, de aparentar, de estar a la moda, aunque ni siquiera sepamos lo que decimos.

Qué decir sobre la retransmisión de un partido de fútbol: el delantero que corre tanto que “se va en velocidad” como quien se va en moto o en bicicleta, el cancerbero de gran envergadura que impide que el cuero se aloje en las mallas, ¿qué conclusiones sacará el aficionado tras oír esto? Porque luego están los goles. Cuando jugábamos en el colegio nos desvivíamos por meter un gol. Ahora no, resulta que ahora los goles “se hacen”; si señor, los jugadores hacen goles como el panadero hace pan o el alfarero una tinaja. Así no hay quien se aclare.

Del lenguaje de los políticos, llamados ahora ‘la casta’, esos seres causa de nuestros males desde que se inventó el mundo, mejor no hablar. Son todo palabras huecas unidas para decir medias verdades, ambigüedades calculadas o mentiras peladas que no entienden de rubores. Además se copian unos de otros para así decir todos lo mismo y confundirnos, no vaya a ser que entendamos algo. Son, en definitiva, los reyes de eso que se ha dado en llamar lo ‘políticamente correcto’, lenguaje que no se sabe bien de dónde viene o cuándo se empezó a generalizar,¿o sí?, que hace que en un momento dado parezca que juguemos todos a ver quien es más imbécil, más alelado o más idiota, que todo viene a ser lo mismo. Así, se afanan en hablar a base de eufemismos para falsear la realidad en aras de algún fin probablemente perverso. Nos encontramos que ya no hay viejos sino personas de la tercera edad, ni policías o soldados que han muerto en acto de servicio, sino que han perdido la vida. Es curioso, ¿no? Tampoco existen ya las empresas ruinosas; en este caso se dice que tienen viabilidad económica comprometida. Podíamos seguir así hasta el infinito y acabar luego hablando de sostenibilidad, movilidad sostenible, y la madre que las parió; solo que no me siento con fuerzas y además no acabaríamos nunca.

De las enfermedades qué les voy a contar. Antes la gente padecía sarampión, paperas o escarlatina. Ahora es imposible saber el mal que sufren, que debe mucho ser peor que los de antes a juzgar por los nombres que les ponen: TDAH, ELA, AHC. Porque también ha dado por denominar todo por siglas, que habrá que procurarse un diccionario, digo yo.

En fin, como decía antes, ya nada es lo que parece. Ni el cine, ni la música, pero también aquí tenemos que señalar lo extraño y confuso de nuestro lenguaje moderno. Porque, por ejemplo, si se hace una película que es la continuación de otra que ya se estrenó, inmediatamente aparece el crítico de turno diciendo que se va estrenar una secuela. Y oigan, me voy al diccionario y dice textualmente: “secuela = consecuencia o resulta de algo”. Y me pregunto yo: ¿es consecuencia o resulta, lo mismo que continuación? Me voy de nuevo al diccionario y dice: “continuación = acción y efecto de continuar”, juzguen ustedes mismos pero no se rompan la cabeza, cójanse un diccionario de inglés. Claro, ya se sabe, el cine, Holliwood, América, ¿y con qué nos encontramos? Con una palabra: sequel, que sí que significa continuación; todo resuelto. Pero ya hemos transformado sequel en secuela y no hay nada que hacer porque si tratáramos de arreglarlo solo conseguiríamos que nos mirasen como si fuésemos cavernícolas.

Lo de la informática es una historia aparte, menudo lío, si incluso hay ya diccionarios específicos para poder entenderse con la cosa.

Y es que de todo hay y para todos los gustos cuando de jugar con las palabras se trata. El otro día vi un programa de tertulianos de esos que de todo saben más que nadie, y debía ser que percibían una nota de cansancio en la audiencia harta ya de políticos corruptos, bancarrotas estratosféricas y accidentes macabros, porque a uno de ellos se le ocurrió algo que me sumió en el más absoluto de los asombros: se puso a hablar de ‘Let it be’. Sí claro, de la canción de los Beatles. La compuso Paul Mc Cartney en 1968, creo, y vio la luz en 1970. Es igual, a lo que voy es que muchos años y muchas versiones después, sin que nadie pusiera nunca en duda que ‘Let it be’ era tal, sale este tertuliano y dice que se ha enterado por no sé quién, que en realidad los Beatles quisieron que la susodicha canción se llamara ‘Letter b’ y no ‘Let it be’. Todo apunta a un descomunal disparate pero, hete aquí, que se pusieron a debatir sobre el particular con la disculpa de que la pronunciación, sobre todo cuando se canta, es casi idéntica. Lo dicho, juzguen ustedes mismos. Yo por mi parte, puestos a cometer disparates, prefiero decir ‘cállate la boca’ o ‘quieto parao’ a entrar en un showroom a que me hagan una demonstration.

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