peleas

El habla insuficiente

El ser humano debió tardar muchos miles de años en pasar de gesticular y gruñir a sencillamente hablar, aunque tendríamos que reconocer que, a pesar de todo, y por muy orgullosos que estemos del uso que podamos hacer del habla, jamás dejaremos de gesticular y, mucho menos, de gruñir. Después de todo ese proceso, conseguimos que cada cosa tuviera su nombre. Hace ya mucho de eso, habría que remontarse a tiempos muy remotos en los que, posiblemente, no fuera así. El genio que inventó Macondo nos cuenta sobre el tiempo en que se fundó esa ciudad: “El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

En nuestros días, sin embargo, ya no ocurre eso, ¿qué sería, si no, de nosotros? Podemos imaginarlo: oiga, haga el favor de pasarme aquello – diríamos refiriéndonos a un salero -. ¿Esto? – nos responderían agarrando la botella de tinto -. No, hombre, eso no, ¿no ve que es lo otro lo que le estoy señalando?, aquello de allí. No habría forma de entenderse y, ya se sabe, cuando los humanos no nos entendemos aparece el gen violento que hace que la emprendamos a mamporros hasta hacernos pedazos. Esto, que siempre fue así, no ha cambiado con el curso de la Historia y permanece vigente en la época actual. Por mucho que se haya refinado el lenguaje, por mucho que hayan evolucionado las lenguas, el hombre siempre combatirá al hombre, está en su naturaleza. El hombre siente una especial atracción por la guerra y lo ha demostrado a través de los siglos. Solo en el pasado hubo dos guerras mundiales que destrozaron Europa y causaron la muerte a millones de soldados y civiles. ¿Qué nos pasa?, ¿es solo el gen violento que antes mencionaba o hay algo más? Sin duda es materia de estudio para filósofos, historiadores y antropólogos, aunque no creo que haya conclusiones definitivas.

El ciudadano normal (todavía queda alguno), puede hacerse una idea simplemente observando. Basta llevarle la contraria a un semejante que tenga una idea política diferente a la suya. Es solo un ejemplo. ¿Ha probado usted a ir a eso que llaman un derby y sentarse entre un grupo de aficionados vestido con la camiseta del equipo contrario? ¿Y si se despista conduciendo y acaba chocando contra el coche de delante en una de nuestras civilizadas ciudades? En cada una de estas ocasiones se producen a menudo agresiones violentas: puñetazos, navajazos e incluso tiros. No, no estoy exagerando.

Mientras tanto podemos preguntarnos: ¿pero no poseemos el precioso don del lenguaje articulado, la maravillosa capacidad de hablar? Si, señor. Además podemos hacerlo en idiomas diferentes aunque eso no cambia nada. Da igual que hablemos la misma lengua que otra distinta, no es ese el problema; parece que llevemos dentro, no solo la necesidad de discrepar con el prójimo, sino la de agredirlo, no tenemos remedio. Cuando no son los nacionalismos son las religiones, cuando no los celos, y si no, la misma mala leche; el caso es hacer la guerra, unas veces con minúscula y otras con mayúscula, guerra al fin.

Estos días anda occidente a la gresca con Rusia: ¿nacionalismos? ¿fronteras? ¿nostalgia de la ‘guerra fría’? Esa es otra: en nuestra obsesión por las guerras, hemos inventado que las haya ‘frías’ y ‘calientes’ para que no falte de nada. ¿No sería mejor olvidar viejas rencillas y formar una alianza con Rusia frente a ‘la amenaza yihadista’? Estos, los yihadistas, andan decapitando a todo occidental con el que se topen siempre que haya una cámara a mano para divulgar el mensaje, su mensaje de miedo y de muerte. Muerte al occidental, muerte al infiel, ¡ay si te encuentran en su camino y no practicas su religión! Al final tenía que aparecer la religión. Pero no se trata solo de eso, estos quieren, además, reconquistar Al Andalus, es decir, España, que es donde los españoles, otros que no lo son y otros, que siéndolo preferirían no serlo, vivimos en relativa paz y armonía. Hablando de religión, ¿qué pasa con los judíos? De aquí los echamos hace cinco siglos, más tarde de Lituania, de Baviera y hasta de los Estados Pontificios; durante la II Guerra Mundial casi se les exterminó en la civilizada Europa, y ahora que han vuelto a la tierra de sus ancestros tampoco hay sosiego: quieren expulsarlos o, mejor, aniquilarlos, ¿qué hacer?. A alguien se le ocurrió una vez que había que mandarlos a Madagascar, ¿les han preguntado a los de allí si los quieren?

Sigamos, pues, a lo nuestro tropezando a cada paso con la guerra, esa piedra a la que tanto gusto hemos cogido. ¿El lenguaje? Ahí lo tenemos para parlotear, criticar, descalificar y para que podamos mencionar las cosas por su nombre; también, cómo no, para tratar de entendernos, que puede que algún día lo consigamos si el gen violento nos lo permite, porque digo yo: ¿no se podría eliminar ahora que se sabe más acerca del genoma humano? Aunque alguien pondrá el grito en el cielo argumentando: ¿y si el Homo deja de ser Sapiens por culpa de eliminar el dichoso gen? Al final seguiremos a lo nuestro, dándole a nuestra piedra favorita que ha demostrado ser más dura que nosotros y amenaza con perseverar y quedarse ahí plantada en medio del camino por el que discurre el destino del hombre.

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