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El folio en blanco

El miedo al folio en blanco no es como el miedo a hablar en público. La ventaja es que mientras escribes no te ven, puedes rectificar, seguir más tarde, otro día, nadie está pendiente de lo que escribes en ese momento. Esto que escribo ahora, por ejemplo, lo acabaré borrando dentro de un rato, o mañana, pero no verá la luz, o sí; el caso es que puedo decidirlo más tarde, nadie sabrá que he escrito una majadería, y si queda bien puedo publicarlo en mi blog. Mientras tanto mato el gusanillo de escribir, no es como ponerte a hablar a solas y, además, si hablas para alguien no puedes rectificar lo que digas, aquí sí.

Se ha escrito mucho, y se seguirá haciendo, acerca de esto aunque yo no me paro a leer sobre estas cosas, sobre el miedo de otros, ya tengo bastante con el mío y hay cosas más interesantes a las que dedicar tiempo para leer. Pero eso no quita que, de vez en cuando, te asomes a lo que siente un escritor sentado delante de una hoja vacía o de un teclado que espera ansioso a que lo golpeen o lo acaricien y que se haga con criterio, aunque el teclado suele ser muy sufrido y no nos demanda grandes azañas. Otra cosa es la pantalla, que nos mira con una curiosidad incierta y que no se deja emborronar porque sí; al otro lado está el crepúsculo y si la atravesamos con tiento podremos tocar las estrellas. ¿Con tiento? Sí, claro, con arte, con sentido, acariciando la varita mágica que hace que las palabras brillen, que las frases se nos cuelen por entre las costuras del alma, que los párrafos nos arrastren por la corriente cristalina de los sueños, esa corriente de la vida que nos atraviesa el alma como un torrente helado.

La pantalla tiene vida y no la podemos engañar, y si alguna vez lo intentamos no podemos sostener su mirada. De ahí el miedo, o el respeto al folio en blanco, a la pantalla vacía, ese gran abismo que a veces osamos atravesar con la esperanza vaga de alcanzar el otro lado los funambulistas de la fábula; que no hay que mirar atrás, mucho menos hacia abajo donde desapareceríamos por las tragaderas insaciables del anonimato, por los senderos sombríos de la nada. Y nos aferramos al valor y apenas nos atrevemos a aflojar las bridas a nuestra imaginación que poco a poco se verá libre y volará cual pájaro del diablo. Y ya no la podremos sujetar, volará en pos de un sueño que no se deja atrapar y nosotros la acompañaremos en su viaje de vértigo, sin saber que el final del camino pudiera estar vacío, desierto, sin nadie que nos de un consuelo; escritor de quimeras, vendedor de humos que se llevó el viento en su caminar sin rumbo, tú iniciaste esta travesía que nadie te pidió, con tu bagaje oculto tras los tenues velos del alma donde buscaron también refugio las vergüenzas, la frustración ….., los amores perdidos. Deja tu legado y sigue, que puede que tu rastro perdure o acaso sea solo un anhelo efímero, y no te lamentes, no te duelas del tiempo que sabe que de él somos huérfanos, y busca tu destino que te aguardará paciente, pero no te demores que ya el ocaso pinta sus últimas pinceladas y se barrunta la autoridad de la noche.

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