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El don

Hay personas que nacen con un don y eso las convierte en blanco de nuestras envidias. Personas que cantan como los ángeles o pintan de maravilla, que tocan un instrumento como nadie o son capaces de escribir historias emocionantes. Se dice de ellas que poseen un don. Les tocó Dios con una varita mágica o, quién sabe, si un díscolo asteroide fuera de su órbita arrojó un rayo furtivo que les rozó e hizo que destacaran sobre los demás mortales. Un fugaz resplandor, un simple instante inapreciable en el tiempo y se produce el milagro que puede determinar una vida de gloria.

¿Por qué a ellos? – nos preguntamos. Les miramos desde abajo, intentamos emularlos pero nos deslumbra su aureola de gigantes, se nos antojan inalcanzables y al final caemos en la desesperación. Nos sentimos mediocres y somos arrastrados por nuestro irrelevante destino; se hace patente nuestra diminuta condición y buscamos la forma de crecer, de ser alguien. Pero el destino, perseverante, se mantiene enhiesto, insensible a nuestras aspiraciones. Es como si sopláramos con fuerza sobre un junco que, arrogante, apenas se bamboleara y, entre dientes, se riese de nuestras carencias.

Nos queda disfrutar de la obra que producen los poseedores del don y dejar de lado la frustración y la envidia. Hacer que el tiempo a nuestro alrededor se congele mientras dejamos que los sentidos se desboquen, que se sobrecoja el alma ante la grandeza y la magia del arte; ser capaces de mirar al sol sin que nos estorben los árboles ni nos distraiga el aroma húmedo y fresco del musgo sobre el que caminamos, permitir que los versos del poeta entren en cascada por nuestros oídos y nos hagan vibrar, que la música nos eleve sobre nubes heridas por pinceladas inverosímiles; y así, levitando cual hoja de otoño mecida por el viento, soñar con lo que aún es posible y también con lo que nos resulte imposible de lograr, con otra forma de vida, que al fin puede que el don también se despierte en nosotros y nos devuelva el encanto, como vuelve la voz al coro de desterrados ángeles.

Y con ellos, arrobados por su canto, nos deslizamos ligeros, sin el lastre de lo vulgar, en pos del paraíso del arte y de la ciencia; y en el horizonte una luz, un faro, el errante e inasible don, que disipará la niebla del sendero y lo iluminará para que, extasiadas, lo recorran generaciones venideras.

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