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El ascensor

El ascensor, ese reducido espacio aislado del mundo donde los vecinos, y otros que no lo son, hemos de probar la cercanía no buscada, se convierte cada día en efímera caja de pruebas de la que a menudo quisiéramos escapar.

Atrapados en su insolencia nos vemos obligados, para empezar, a dar los buenos días de buena o mala gana, pero la segunda nos delata. A partir de ahí y a poco que estemos atentos nos proporciona una ocasión ideal para conocer a los demás, podemos obtener un cuadro psicológico completo simplemente observando, pero hay que hacerlo con cierto disimulo si queremos que el estudio resulte eficaz.

Nos encontramos de todo. Hay madres con niños a los que aleccionan sobre lo que han de hacer cuando salgan a la calle mientras estos ríen, gritan y golpean el espejo del fondo. En realidad no están acostumbrados a que les aleccionen y reaccionan demostrando que, como siempre, van a hacer lo que les venga en gana. A la madre no le importa, solo trataba de cubrir el embarazoso trayecto sin tener que entablar conversación con el vecino de turno que sonríe con cara de circunstancia ante la mala educación de los niños y de la madre.

Otros no menos frecuentes son los jubilados que salen a todas horas para pasear al perro. Estos son más interesantes porque la experiencia les dice que no hay que hablar si a la otra persona no le apetece y, cuando lo hacen, sus palabras no carecen de sentido y contribuyen a relajar el ambiente. Si vienes de un piso alto a veces te enteras de cuántos hijos tienen, dónde viven y lo que suele cocinar su mujer. Pero no se cortan, hablan de un modo natural que los demás agradecen con sincera sonrisa.

Algunos hablan al despiste no vaya a ser que averigües más de la cuenta. Y es mejor así porque hay otros que no sueltan prenda y al cabo de tres o cuatro pisos ya los has calado, hay silencios que hablan, gestos que dicen más que las palabras.

No hay que olvidarse del charlatán que habla sin parar desde que se monta hasta que se baja, pero lo más probable es que se comporte así tanto dentro como fuera del ascensor por lo que resulta una especie de lo menos interesante para nuestro estudio. No debemos confundir a este último con la vecina encantadora que es capaz de contarte en dos minutos su problema con la chacha, el tráfico cuando se dirige al trabajo, las malas notas del más pequeño de los tres que tiene, el engorro de tener que limpiar el apartamento donde veranea y el ruido insoportable de los del piso de arriba. No; lo hace de un modo tal, que cuando se baja en el tercero lamentas que no viviese siquiera en el quinto. Nos ocurre lo mismo con esa otra que está buena y lo sabe. Esta lo que hace es que se calla la boca y mira para otro lado para que te deleites con la visión de su cuerpo serrano que se han de comer los gusanos, sí, pero mientras tanto……Cuando se baja suelta un adiós tan escueto como el hola que dijo al entrar; que a veces te entran ganas de decir: “oye, que no es para tanto, que las he visto mejores”. Pero no decimos nada por educación y porque ha dejado en el aire ese aroma de perfume caro que nos hace el trayecto más llevadero, que hay otros que tratándose de un espacio tan cerrado, donde se rompe el principio del espacio vital íntimo, llevan aparejado a su persona un tufo que perdura desde el tercero hasta el noveno y que se quedará allí para dar la bienvenida a los siguientes. Y es que el olor es de lo más chivato en un ascensor, porque averiguas el que se lava, el que no lo hace, el que bebe. Sí, cuando se ha bebido mucho se detecta sin dificultad en un espacio tan pequeño el olor del alcohol. Hay vecinos a los que sueles ver al pasar apostados en la barra del bar de abajo, y que por el olor sabes si se trata de bebedores de un par de cervezas o de algo más fuerte y abundante cuando coincides con ellos en el ascensor.

En fin de todo hay, hasta ese que se le nota en la cara el cabreo porque se haya parado para que tú te subas, con la prisa que tenía, y lo disimula a dedazos contra la sufrida pantalla de su tableta que es un método muy socorrido para estos casos.

El ascensor nos proporciona todo eso aparte de evitarnos tener que tomar las malvadas escaleras; en los edificios donde no hay, no sé cómo diablos hace el vecindario para conocerse. Claro que si no eres observador tampoco te sirve de nada.

No cojamos, pues, el ascensor en vano que es fuente de sabiduría y de conocimiento si lo sabemos aprovechar, no encontraremos un espacio más interesante para conocer al prójimo.

¡Ah! se me olvidaba mencionar a los empecinados: esos que se empeñan en mudarte el nombre o la profesión por más veces que se lo aclares. Lo dicho, disfruten del ascensor, puede ser una fuente de sorpresas.

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