Desde mi azotea

Desde mi azotea

Es marzo, la mañana se llena de sonidos y de colores y caracolea inquieta, ya se barrunta la primavera. Al abrir la ventana un aire nuevo que viene de otra parte me sacude el rostro y al instante percibo que el cielo es otro, más alegre, más vivo, más poblado. Subo hasta la azotea y mil sombras sobre mi cabeza asaetean el azul cielo que algunas nubes grisean. Son los vencejos que, en alocadas danzas, sin rumbo aparente, chirrían su canto de amor que todos parecen conocer y repiten a intervalos, ebrios del aire fresco de la mañana que les da la bienvenida al antiguo hogar de sus abuelos, de sus padres, de otras primaveras que contemplaron, extasiadas, sus rasantes vuelos. Y yo los llamo y les quisiera hablar pero ellos no comprenden mi ignorancia y continúan, altivos, su incesante voleteo; creo que ni reparan en mi presencia, como si para ellos no fuese tan siquiera un intruso, aunque yo quiero entrever en alguna pirueta una respuesta a mi saludo.

Intento seguir a uno con la mirada, vuela junto a otro del que no se separa pero pierdo su rastro al instante, se mueve más rápido que mi vista y aunque creo recuperarlo de nuevo puede que ya sea otro, que no se distinguen desde el lado humano aunque ellos sí lo hagan, como nosotros lo hacemos con el familiar o el amigo en medio del gentío.

Al caer la noche dejo de escucharlos pero sé que están ahí, se han llevado a más altura su silencioso vuelo como si quisieran despegarse de nuestro sueño, de nuestra torpeza. ¿Por dónde volarán, furtivos, en la noche? ¿Qué caminos inexplorados recorrerán en esas horas nocturnas? He escuchado decir que duermen a dos mil metros, y que su vuelo se aquieta en la penumbra apenas rasgada por la tenue luz de las estrellas, que su danza es más pausada, y que los primeros rayos de oro se los dedica a ellos el alba que sabe que han pasado horas aguardando, impacientes, su llegada; serán también para ella los primeros chirridos en el nuevo día, como en una ceremonia que se repite en cada amanecer desde el principio del tiempo.

Yo continúo contemplando, asombrado, su vuelo que me hace recordar que son los mismos pájaros de mi niñez, aquellos que llamábamos aviones y que me hacían soñar con tierras lejanas. Me contaban los mayores que venían cada primavera desde el continente africano, donde no les llaman aviones sino ‘pájaros del diablo’ y que, pasado agosto, volvían allá de nuevo con las crías nacidas entre nosotros; y yo preguntaba que por qué lo hacían y nadie sabía responderme. Entonces yo me imaginaba que los africanos también serían sus amigos y que unos pájaros tan inquietos y veloces no podían permanecer siempre en los mismos lugares y por eso volvían cada otoño a África, para pasar allí el invierno con sus crías nacidas en España.

Ya es agosto y se me antoja que empiezan a despedirse; revolotean nerviosos y parece que ya miran hacia el sur, hacia los lugares lejanos de los que partieron que ya esperan su vuelta con anhelo y con ella su mensaje, el mensaje de otras tierras en las que nacieron sus polluelos que ya vuelan, ligeros, junto a sus padres. Míralos, ahí van; con la melancolía prendida de sus alas puntiagudas, espesándoles el vuelo; que aún no se han marchado y les puede la añoranza, la nostalgia de otros nidos. ¡Oh, aviones de mi infancia!, ¡oh, pájaros del diablo!, ¡oh, saetas de primavera!, con vuestro grácil y generoso vuelo, con vuestro mensaje de otro mundo, no me olvidéis mientras cruzáis el mar por los caminos del invierno, por donde se fue la vida, por donde se escapa el alma, que sé que habéis de volver y yo os estaré esperando, sobre mi azotea, el próximo marzo, con la vista alzada y en mi mano quieta apenas un gesto de bienvenida; y allá en lo alto un imperceptible aleteo, diferente a otros, en el que yo adivinaré un saludo. Y no tendré que recordaros que habéis de anidar en las cercanías, vosotros no lo habréis olvidado. Os añoraré todo el otoño, todo el invierno, imaginando el alboroto lejano que alegrará los cielos de África. Y cuando empiece a medrar el día, cuando en las tibias tardes se diluya el frío, cuando la noche se temple y no aparezca ya la blanda helada, alguien gritará una mañana: ya están aquí, se acerca la primavera, que ya se escucha de nuevo su canto, el canto de nuestros pájaros, el canto de los vencejos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>