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Cuando se escapa la tarde

Un día más se colorean de rojo los velos del poniente y quisiéramos que se detuviera el tiempo, una demora de gracia para que nuestra retina se inunde de ese aroma inmutable. El ocaso tiene ese aire de lo efímero, ese don de la naturaleza por el que nos percatamos de lo frágil y precario de nuestras vidas siempre en una constante transición hacia lo inexplorado; es una bella expresión que nos recuerda que nos hallamos de paso por los caminos de nuestro destino, navegando hacia el oeste por donde se oculta el sol, por donde se perdían de vista las naves de los descubridores en pos de ese nuevo mundo que a todos nos aguarda, que alimenta nuestros anhelos y hacia el que dirigimos nuestras miradas.

Navegar hacia el oeste siempre ha sido, desde Colón, un símbolo de inquietud, de inconformismo aventurero; que el miedo no nos detenga, que ya se palpa la esperanza, sigamos la estela de esas naves rumbo a lo desconocido. Cuando veo ponerse el sol no puedo evitar un prurito de nostalgia; tal parece que el sol descendiera para reunirse con Cortés, con Pizarro, con Álvar Núñez Cabeza de Vaca para escuchar de sus labios, embelesado, sus historias o quién sabe si para iluminar su leyenda preñada de claroscuros, que quiero pensar que no fue tan negra como la pintara aquel fraile dominico de inmisericorde pluma.

El ocaso, juego de luces que da paso a la noche donde se refugia el alma, donde nos acordamos de las promesas incumplidas, de los deseos inacabados, donde aguardamos con impaciencia las recalcitrantes verdades que llegarán con el nuevo día; el ocaso que nos mira con indulgencia, que a veces se presenta sin avisar, como si llegara antes de tiempo, que aún no hemos recompuesto nuestras conciencias y ya declina la claridad finita; el ocaso que nos anuncia que algo se acaba, con su poder omnímodo que arrastra la luz a su paso, con la autoridad de lo eterno, que nos mira como si nos preguntara, y que quisiéramos contestarle con un sí, que un día más lo hemos intentado y que tal vez hoy nos hayamos superado y seamos un poco mejores que ayer.

Y nos despedimos de él, del crepúsculo morado de nuestra niñez que nos señalaba la hora de meternos en casa, del amigo que nos lleva de la mano invitándonos a soñar; lo seguiremos en su camino del poniente donde tal vez nos esté esperando el nuevo mundo, que aún alumbra la llama vacilante de los descubridores, esos semidioses antepasados nuestros que marcaron las rutas del más allá, de un futuro incierto que no alcanzaremos quizá a comprender.

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