Platero

Cien años de Platero

“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón….” Así comienza  ‘Platero y yo’, obra lírica sin par, en la que Juan Ramón Jiménez, hijo excelso de Moguer, revela su alma de poeta dialogando con su burro, Platero, al que confía sus más profundos sentimientos, sus reflexiones más tiernas, y la tristeza que le embarga que su vida, al fin, está preñada de ella.

Sabe que Platero le escucha, que es capaz de sonreír, de comprender, de sufrir…. “es tierno, mimoso, igual que un niño, que una niña….” y los invisibles lazos que le unen a él aparecen cuando dice: “es tan igual a mí, tan diferente a los demás, que he llegado a creer que sueña mis propios sueños”. Subido al lomo de Platero siente cómo el trotecillo medroso con que regresan cada atardecer, se torna alegre cuando barruntan la cercanía tibia del pueblo que les vio partir muy de mañana, en el amanecer de oro, que el azul del cielo se ha vuelto ahora morado y que, en el ocaso, los niños pobres los reciben jugando a asustarse fingiéndose mendigos.

Cuando caminan observan el almendro sobre el vallado “revuelta la copa con una nube blanca”. Y las higueras centenarias que “enlazaban sus troncos en la sombra fría, como bajo una falda, sus muslos opulentos…” mientras perciben “un olor penetrante a naranjas,….humedad y silencio”.

Otras veces es la aurora “que rosaba, más viva cada vez, los velos incoloros del oriente”. Y cuando Platero se asusta de los tiros lo tranquiliza: “¿qué te pasa? Vamos quietecito…… Es que están matando a Judas, tonto. Sí, en el Monturrio, en la calle de Enmedio, en el Pozo del Concejo…., cada hombre dispara su escopeta cobarde….” Pero también le habla a Platero del alma, del alma de Moguer, su vino de oro; y del pan: “Moguer es igual que un pan de trigo, blanco por dentro como el migajón, y dorado en torno – ¡oh sol moreno -! como la blanda corteza”.

Sí, Juan Ramón, con sublime sensibilidad, nos desgrana su alma de poeta en ‘Platero y yo’ mientras el burro, Platero, va de aquí para allá, recorre el pueblo asombrándose unas veces, estremeciéndose otras, que parece que, aunque no fuese la primera intención de su autor, acabó siendo un libro para niños. “Yo nunca he escrito ni escribiré un libro para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre….” Pero también es un libro para adultos, sobre todo para adultos. Unos y otros se funden en un abrazo mágico con Platero y recorren Moguer de su mano, o montados a su grupa en la que nos coloca el autor sin que apenas nos demos cuenta.

‘Platero y yo’, el libro más leído en castellano después del Quijote, cumple cien años y parece que vuelve a nacer cada día; que cada día recibimos su tierno arrullo, que cada día los niños de Moguer pasan montados a su grupa camino del colegio o de la romería de Montemayor o regresan sobre ella, cansados, de la feria; que se paran a jugar con él en la plaza de la Iglesia o en la del Marqués. Platero nunca se marchó, dicen que está enterrado junto a la casa de Fuentepiña, bajo el pino centenario. Desde allí contemplamos la preciosa vista del pueblo, con la torre de la Iglesia erguida entre los tejados que cubren las casas blancas “parecía de cerca como una Giralda vista de lejos”. Nos detenemos un momento y sentimos la presencia cercana de Platero que, con sus ojos de azabache cual escarabajos de cristal negro, contempla también el paisaje. Queremos hablarle en un susurro, como lo hacía el poeta, pero callamos para no despertarlo de su sueño tranquilo de otro tiempo.

Y en la quietud serena de la mañana azul, percibimos que Platero vive; en el corazón de los niños de Moguer, en el de todos los niños del mundo; y los adultos nos sentimos huérfanos y lo llamamos dulcemente: “¿Platero?”, y se nos acerca con su trotecillo alegre, que parece que se ríe….Buenos días Platero.

 

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